Una de cal y otra de arena

 

Una muchedumbre enfervorizada se desgañita gritando “¡Oé, oé, oé, oé, oeeeeeé, oé…!” en el parqué de la Bolsa mientras las acciones caen.
Una multitud entusiasmada vocifera “¡Weeee are the chaaampions…!” en el vestíbulo del Banco Central Europeo mientras este presta dinero a nuestros bancos.
Una masa apasionada clama “¡Que viiiiiva España…!” en el pasillo ante la sala donde se reúne el Consejo de Ministros mientras este reajusta recortes.
Un gentío enardecido aúlla “¡Yo soy español, español, español…!” en las redacciones de los medios que traen las malas nuevas diarias.
Pocos días después, estos patrióticos ‘deportistas’, que con tanta alegría se abrazaban los unos a los otros, vuelven a su rutinario individualismo del sálvese quien pueda, vuelven a agonizar en su resignación económica, política y laboral / desempleada, vuelven a su confortable narcolepsia.
También la Bolsa, el BCE, los ministros y las redacciones vuelven a lo suyo, a su baile de insectos atrapados en la tela de araña, y nosotros volvemos a observarlos con la distancia con la que se mira un documental. Los periódicos y los informativos nos causan el mismo efecto que una producción del National Geographic o la BBC.
Nos dan una de cal y otra de arena. Y no sabemos cuál es la mala ni cuál la buena; sólo sabemos que el dicho procede de las proporciones con que en albañilería se preparaba la argamasa. Lo inmobiliario está metido hasta en el lenguaje; hasta este está contaminado de crisis. De un tiempo a esta parte, en cualquier conversación, antes o después, aparece.
La gravedad de la situación es lo lentamente que nos enteramos de su gravedad, lo mucho que nos afecta, lo poco que sabemos y lo menos aún que hacemos contra ello. Será porque día a día los medios se hacen eco de las explosiones más que controladas del estado del bienestar. Será porque el cuento de Pedro y el lobo nos lo cuentan todos los días los medios y los políticos, añadiendo en cada nueva narración algún detalle de la ferocidad del animal, y nos piden sacrificios para que el lobo no se coma a nadie, es decir, a ninguna oveja. Así consiguen trasquilarnos ahora los que antes nos contaban el cuento de la lechera.
 

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