Tren con destino Utiel efectuará su entrada por vía 2

Hay cosas que quedan en el inconsciente colectivo aunque sea a modo de ausencias, de oportunidades perdidas, de trenes que perdimos o de trenes que nunca llegaron. Trenes que nunca llegaron pero que dejaron su cicatriz en el paisaje. Cicatriz que ha curado de modos diversos: invadida por los olivares colindantes, redimida como corredor verde, hecha camino o devuelta a lo silvestre.

   Así también hubo que devolver al diccionario palabras prometidas que son hoy palabras lejanas: catenaria, revisor, andén, apeadero, vagón, locomotora, vía, talgo, ‘viajeros al tren’.

   Pero más allá de la oportunidad perdida de desarrollo económico que supuso la suspensión de la construcción de la línea ferroviaria Baeza-Utiel, se nos privó de una forma de viajar, de una experiencia moderna, cómoda y a la vez romántica. Nos perdimos una forma de mirar el paisaje, de abstraer la mirada, de ensoñación. El viaje en tren es hipnótico y poético, y nos muestra el paisaje perpetuo y fugaz, sucesivo y continuo. El viaje en tren es como los poemas tradicionales japoneses llamados haikus: despierta el asombro que provoca la contemplación de la naturaleza. Es un asombro estético y sentimental que nos ensimisma e hipnotiza. Las ventanillas del tren nos asoman a nuestro interior. Ida y vuelta de uno mismo. Vaivén. Eso es el tren: un acunar el alma, un demorarse en el pensamiento.

   El viaje en tren ofrece una experiencia similar a la que supone la lectura de un libro, ver una película, asistir al teatro o escuchar una canción. Lo irónico en este caso es que el chacachá del tren quedó sólo en canción.

   Las vías muertas, tiradas en medio del paisaje, están realmente muertas; los túneles se hunden y ya no hay forma de encontrar la luz a su final.

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